miércoles, 30 de junio de 2010
Libros electrónicos
martes, 29 de junio de 2010
Yo declino, tú declinas

El PRD nació como una confluencia de fuerzas de izquierda de diferente radicalidad. La mayoría venían de grupos comunistas, ligas revolucionarias, antiguos guerrilleros y muchos otros de las luchas barriales que emergieron luego del temblor del 85. Ante la estulticia y estupidez del gobierno federal, la gente del DF se organizó y levantó la ciudad.
Era increíble ver cómo en las viejas vecindades del centro donde seguía fluyendo agua, sus habitantes organizaban caravanas para llevar botes a las colonias donde no llegaba el líquido. Ni un policía hizo falta. Con todos estos movimientos sociales en confluencia y después del fraude perpetrado por Salinas y su PRI, el PRD unió en su seno a miles de personas que, dejando diferencias dogmáticas e ideológicas, pensaban en un solo camino de izquierda para el país.
Obviamente, llegaron muchos antiguos priistas y derivó en lo que vemos actualmente: un merequetengue, un verdadero quilombo donde antiguos maoístas, comparten sala con hijos del salinato más crudo y vil. Cuando menos los priistas siempre han sido más reacios a juntarse con la chusma. Las viejas momias priistas siguen dictando los rumbos del partido desde las sombras. Se apoyan entre ellos, son disciplinados y esperan su turno, sino… pues se cambian de partido.
Los panistas habían seguido este mismo juego de disciplina y de orden, hasta que llegaron los neopanistas -es decir los nuevos ricos- y tuvieron que dejar un poco de su poder en manos de los flamantes conservadores. La imagen señera de los viejos panistas, es decir blanco occidental, barbado y católico fundamentalista se ha tenido que “manchar” con gente de aspecto manos caucásico.
El caso es que a nadie le espante que uno decline, el otro cachondé a su enemigo de antaño y uno más se queje de la campaña negra. Lo que le queda esta sociedad mexicana politizada, pero poco participativa es hacer eso, participar activamente, no solo en época de elecciones, sino durante todo el año. Exigiendo, leyendo, retomando viejas costumbres barriales. ¿Si nos organizamos para un mole que no lo hagamos por nuestro país?
miércoles, 23 de junio de 2010
En una pensión II
Sacó una baguete enorme, un paquete de prosciutto y un trozo de queso azul. Yo comencé a babear. Sólo faltaba el vino tinto, pero no importaba. Ya era demasiada suerte que quisiera compartirme esos manjares. Tomé un pedazo de pan con las manos, pero el galo me dio un cuchillo de sierra que guardaba en algún lado. Muy feliz me dijo algo; yo embarré el delicioso queso en el pan cortado, luego puse una ración generosa de jamón y le pegué una mordida con pasión. Ah, lo salado se aferró a mi lengua y comencé salivar.
Mi benefactor hizo lo propio y comenzó a mascar su comida con la boca abierta y tronándola lo más fuerte que podía. El sonido que producía su boca era tan alto, tan asqueroso que pronto dejé de disfrutar mi trozo de baguete. Lo masticaba, pero no había en ningún momento placer por lo grasoso del queso o por la carne curada. Pronto comencé a sentir un vómito que me venía desde dentro del estómago. Me disculpe y fui al baño a vomitar.
Cuando regresé ya se había ido. No había nada de comer en nuestra mesa así que me senté a ver el sol de la mañana cómo iba inundando las azoteas de Palermo. Me sentí tan solo, tan perdido, tan lejos. Supongo que así se sentían los primeros navegantes que llegaban a tierras extrañas. Aquellos apestosos corsarios que viajaban durante días, meses hasta llegar a un puerto alejado y darse cuenta que estaban allá, alejados de sus graneros.
De improviso pensé en quedarme, en ya no regresar, en ser una sombra más en las calles. En disfrutar del anonimato que dar ser un pre pordiosero. Me gusta eso de no tener que saludar a nadie o conservar un personaje. Me fui a dormir y la que limpiaba el piso, una correntina muy bella, me sonrió.
martes, 15 de junio de 2010
En una pensión I

Cuando me quedé sin dinero, dejé de darme la vida de rico que acostumbraba. Ya no más jarras de vino tinto de Mendoza, ya no más cortes de alta calidad, ya no más pan negro con gorgonzola encima, ya no más visitas a las prostitutas de la Florida. Así que decidí salirme del hotel e irme a vivir a una pensión, donde compartía dormitorio con tres alemanes, un francés y un inglés, todos ellos, blancos, de ojos claros y apestosos hasta la nausea.
Había unos loquers justo a un lado de la cabecera de mi cama, donde guardábamos nuestras cosas. Así que en la mañana, cuando era hora del desayuno el ruido era insoportable. Ruidos de candados, de puertas y gritos en varias lenguas. Llegar de noche era encontrarse con que la habitación olía terrible. Apestaba de una manera vomitiva. Los gases, los olores sexuales de estos tipos, la micosis de los pies, el sudor y sus ropa sin lavar producían un olor nauseabundo, asqueroso.
Cuando llegaba de noche, con los humos del alcohol haciéndome girar la cabeza, abría la puerta y ese fétido cúmulo de asquerosidades me daba de llenó, casi siempre acababa bajando de nuestro cuarto de azotea para ir a vomitar al baño. Entre estertores, a unos centímetros de la taza del baño, me revolvía el estómago de nuevo de solo pensar en volver hasta donde estaban ellos.
Los tres alemanes, unas enormes estatuas de carne, de casi dos metros, sacaban sus enormes pies y las moscas se posaban sobre ellos. El zumbido de las moscas, cuando ya estaba en mi solitaria cama –porque con suerte había podido hacerme con el único mueble que no era litera- me hacía pensar en cadáveres frescos que dormitaban al lado mío. Pensaba que cómo era posible que esos seres que aseguraban ser los más conscientes y civilizados del planeta, no eran capaces de tomar un baño seguido. Cómo era posible que el inglés ese, por demás estereotípico, con su cabello pintado de azul y aretes en los pezones y la cara, no tuviera empaño en llevar más de quince días con la misma ropa. Cuando se quitaba sus calcetines eran de una textura similar al cartón, con manchas de hongos ya por todos lados.
Carlos Zerpa
En una enorme fotografía que estaba detrás de ellos se veía a un Carlos Zerpa jovencísimo, con lentes y un sombrero charro, de eso que usan los turistas cuando van a Garibaldi. Obviamente estaba borracho “noche de tequilas dijo cuando nos invitó a ir al Covadonga”. Noche de tequilas que fueron de cerveza y tortilla española. “Ya no los aguanto como ayer”, explicó viéndonos con esos ojos fuertes pero a la vez tranquilos y juguetones. Esos ojos que no han perdido la magia desde aquella foto en el Tenampa con los integrantes del NO- Grupo.
¿Quién es Carlos Zerpa?, podrían preguntar algunos. Carlos Zerpa es uno de los artistas latinoamericanos más influyentes de Latinoamérica. Él ha hecho todo dentro de las artes no objetuales: Performance Art, Instalaciones, Ensamblajes, Nueva Pintura, Arte Sonoro. Además es parte de la Comunidad Iberoamericana de Frank Zappa y de Bruce Lee. Y además pinta y escribe. Y todo lo hace bien. ¡Carajo!, me grité cuando vi su obra. Además Zerpa es uno de los pocos artistas que vive en Venezuela y que no tiene miedo de expresar su opinión en contra de Hugo Chávez.
En la mesa del Covadonga Zerpa nos explicaba como poco a poco se ha ido destruyendo lo poco que se había logrado en una Venezuela convulsa, la patria de sus amores. Zerpa vestía de negro, sus sienes pintadas de canas y en el pecho el escudo del fascismo, aquel de los martillos que caminaban en la mítica película The Wall. Zerpa es un icono para muchos artistas no objetuales y un héroe para muchos otros. Entre los que me incluyo.
Una anécdota es suficiente como para describirlo. Cuenta el crítico y artista Santiago Espinoza que cuando vivía en Venezuela invitó a Zerpa a una fiesta. Cuando ya se habían ido hasta el último de los borrachos habituales, se dio cuenta que por todos lados había cuchillos incrustados: en el cereal, en el azúcar, en las puertas, en el café. “Pinche Zerpa”, dijo Santiago y el venezolano solo emitió una sonora carcajada.
Carlos Zerpa vino a México a presentar su libro Envena, donde cuenta la historia de las artes no objetuales en el Mundo, con el sabor del ya no tan niño terrible de Venezuela.
lunes, 24 de mayo de 2010
Licantropía

Licantropía
Edición de Jorge Fondebrider
Adriana Hidalgo Editora
El licántropo, el hombre animal, es una idea que ha permeado en todas las culturas. Es la manifestación de lo salvaje en el hombre civilizado, es el mito en donde más se palpa que seguimos siendo animales a pesar de tantos años de raciocinio. Cuando menos eso se desprende de la recopilación histórica que realiza el argentino Jorge Fondebrider, con respecto a los leyendas donde el hombre se convierte en lobo.
Imbuido por las imágenes de la clásica película The Werewolf producida por Universal, con Lon Chaney jr. en el papel del maldecido, nos cuenta el autor que fue creciendo en él una obsesión por este monstruo. Con este deseo culterano de poder satisfacer un sueño infantil, Fondebrider hace un recorrido hemerográfico, libresco e imaginativo por distintas fuentes escritas y cinematográficas, para poder entender como la licantropía ha tenido un desarrollo importante en el mundo occidental. Así, comenzamos en la Grecia antigua con la historia del mal logrado rey Licaón; que ya conjunta en sí misma muchos de los rasgos acerca de los hombres lobo. El licántropo, desde este inicio es un ser sanguinario, ahijado de la noche, pero también es una bestia dolosa, triste, que sufre la pesada laja de una maldición.
Como se explica en el texto, un hombre lobo puede ser un brujo poderoso o el hijo séptimo de una familia. Puede ser un guerrero valiente y defensor de su pueblo, o simplemente un desafortunado personaje que fue mordido por la bestia. Esta recopilación histórica nos va mostrando de manera cronológica como el mito del hombre lobo fue tomando cada vez más fuerza en el mundo judeo-cristiano.
Es curioso atestiguar que antes de la llegada de la religión católica los hombres tomaban como “normal” o “cotidiano”, sin ningún tipo de rasgo maniqueo la transformación del hombre en animal. Es hasta la llegada de San Agustín que se le da un cuerpo ideológico a los mitos que ya circulaban por el mundo conocido. San Agustín declara que solo Dios puede crear, así que las diferentes tradiciones orales de gran parte de Europa del Este son solo representaciones del diablo. Estratagemas para mal lograr la creación divina. Razón por la cual los hombres se dedican a la persecución de y asesinato indiscriminado no solo de lobos, sino de cuervos, gatos y demás animales que aparecieran el Malerum maleficare y libros afines.
A partir de ahí el licántropo carga sobre sí la maldad del mundo. Asesinos seriales, niños salvajes, vecinos envidiosos, mujeres lujuriosas, todos son transformados durante algún viernes o con el influjo de la luna llena en lobos.
Es interesante constatar como es hasta la llegada The Werewolf, la mencionada película de la productora Universal, que se les da coherencia en uno solo mito a todas las tradiciones orales anteriores. Así, queda establecido merced al guionista Curt Siodmack, que la licantropía es una maldición, que se contagia de manera viral, principalmente por el ataque de uno de los seres malditos, que son invulnerables a todo, menos a la plata y que no hay manera de retirar la maldición.
Fondebrider nos ofrece un capítulo breve dedicado al cine y otro más donde habla de estos seres en su paso por Latinoamérica, deteniéndose claro está en los nahuales.
Interesante y muy buen documentado libro, que nos da a entender como la historia de la maldad puede trazarse en clave de licántropo.
Iván Farías, Apetatitlán, Tlaxcala. Mayo 2010
Asesinos

Asesinos
Álvaro Abós, compilador
Adriana Hidalgo editora
El crimen es uno de los temas que más convocan a la humanidad. Desde aquellos que se asoman entre la multitud para ser partícipes de un poco de sangre en alguna escena de asesinato, hasta aquellos los perpetran. Es por eso que la literatura siempre ha recogido entre sus páginas lo que otros han hecho con sangre. La escritura criminal, la escritura de la muerte y de la vida se vuelve historia, documento de su tiempo y de las bajas pasiones humanas. Esas que persistirán por siempre. La recopilación que hace Álvaro Abós en “Asesinos” (Adriana Hidalgo, Argentina) nos brinda un recorrido por las grandes plumas del pasado que han tomado el tema criminal y lo han llevado por distintos caminos. Abós antóloga verdaderos hallazgos como el cuento “Una linda películita”, de Guillaume Apollinaire, que prefigura, con varias décadas, lo que ahora se conoce como cine Snuff. También hay lugar para las sectas apocalípticas y cínicas, como las que se reflejan en “Los sicarios de Midas”, de Jack London; donde las anticipaciones a temas que ahora son común en las ficciones contemporáneas vuelven a parecer; como lo son el asesino gratuito y despersonalizado. La crónica-cuento de Iván Turgueniev, uno de los textos más largos, refleja fielmente lo que es un crimen ordenado por el estado, validado por las cortes y ejecutado por un verdugo. El segundo personaje de más importancia en una ejecución. También hay espacio para los crímenes cronometrados, como el narrado por Arthur Conan Doyle, o el humor negro y el cinismo de Sade o Ambrose Bierce. Como afirma el antologador: “ningún escritor se ha privado de narrar un crimen aun cuando sus intereses temáticos estuvieran muy lejos de lo criminal.” Lo cual se confirma con la inclusión de Oscar Wilde, Antón Chejov, Joseph Conrad y hasta el mismo Walt Whitman. El libro no tiene fisuras. Ofrece una pléyade acercamientos al tema y plumas maestras.
Iván Farías