martes, 11 de mayo de 2010

Insurgentes

Me siento en la glorieta de insurgentes, con bastante tiempo para esperar a un amigo. La misma glorieta que sirvió como locación para “El vengador del futuro”. Cuando vivía en el DF, en la secundaria, me enviaban a un curso de verano que por alguna razón no me gustaba. El caso es que me iba a vagar por ahí. En aquellos años no había tanto homosexual o prostitutas como las hay ahora. Lo que había eran yuppies. Yo me iba a unos locales enormes que se llamaban Chispas, jugaba unas pocas fichas y cuando se acababa mi dinero y ahí me la pasaba subiendo y bajando de niveles. No hablaba con nadie, no competía con nadie, era como un fantasma en aquel sitio.

Apenas volví a ese sito y esta clausurado. No me imagino como un sitio tan boyante como ese pudo haber quebrado. Esta cerrado y lleva años así. La calle de Génova esta llena de vendedores ambulantes con la cara curtida por la vida. Cuando pasó cerca de uno me dice que le “eche un ojo” a sus antigüedades y la ropa de uso. Le preguntó por una chamarra y una niña comienza a llorar junto a nosotros. Le dice a una chica morena de escasos 20 años que cuide a la niña, que no se deje “someter” por ella. “Es que luego los hijos toman el mando y uno ya pierde”.

Me pruebo el rompevientos color vino y no me queda. (Cerveza más Bimbo, mala combinación). Pregunto por una camisa de cuadros y el tipo me dice que la vida es dura, que luego uno se enferma y nadie lo cuida. El sujeto tiene como cincuenta años, el cuerpo correoso, mirada nerviosa y habla cómo dando órdenes. Me hace que me pruebe otra chamarra a la vez que me dice que el se enfermó del cerebro hace algunos años. “Tengo que tomar pastillas tres veces al día, todas para que no se me suelte ‘el chango’. No quiero acabar matando a alguien”.

Regreso a sentarme a la glorieta y se me acercan tres niños. Uno de ellos me muestra su "conejo" y me río. Le digo algo y sigue chingando. Trato de concentrarme en la fauna que camina a esas horas, pero el infante no cede: salta frente a mí y me toca muchas veces la espalda. Me levanto para cambiarme de lugar, pero me sigue. Lo agarró del brazo y le digo que se largue a su casa. Esta es mi casa, dice mostrándome con sus manos la glorieta.

1 comentario:

Arthur Alan Gore dijo...

Maestro, qué maravilla.