jueves, 8 de julio de 2010

Un murciélago

Le dijo que se sentara mientras su esposa preparaba café. Había que encender la estufa con cerillos y esperar a que hirviera el agua, porque no habían ido a comprar el garrafón. Dionisio estaba lastimado del pie y no podía cargarlo. No había cerveza y ambos amigos se negaron a beberse el mísero charco de Tonayá que quedaba en la repisa.

No hay café, dijo la mujer con cara de hastío. Vamos por uno, le pidió Dionisio a su amigo Rodrigo. Vamos, la tristeza le había marcado unas ojeras enormes. Dionisio se levantó con dificultades de la silla. Tenía el pie vendado y con un huarache que apenas podía contenerlo.

Bajaron lentamente la escalera del departamento y fueron poco a poco caminando hasta la tienda. Ninguno de los dos dijo nada en el trayecto. Rodrigo tenía suficientes problemas como para interesarse en lo que dijera su amigo y Dionisio estaba concentrado en el dolor de su pie, así que nadie intentó abrir la plática. En la tienda pidieron un café Legal y tres conchas. Regresaron a la casa con el aire nocturno en la cara.

La mujer endulzó el café, luego lo coló en una jarra amarilla con el pegote de un candidato y les sirvió las tazas. Comieron el pan en silencio. Rodrigo se sirvió dos veces. La mujer le dijo a Dionisio cuando terminaron: ¿Van a estar así toda la noche? ¿Cómo? Respondió él viéndola a los ojos. Así, ya estoy harta. No soporto este ambiente. La mujer se metió a la pieza y salió al poco rato cubierta por una chamarra enorme de los Rams y una gorra tejida en la cabeza. ¡Quédense con su mierda, pendejos!, grito antes de azotar la puerta.

Ninguno de los dos acertó en hacer nada. Después de un rato, Dionisio le dijo a su amigo que se fueran a acostar. Se quitaron la ropa hasta quedar en calzones y se subieron en lados distintos de la cama. Al poco rato estaban en silencio viendo hacia la ventana sin poder dormir. Mira, es un murciélago, dijo Rodrigo. Se levantaron y vieron durante más de dos horas como un murciélago intentaba entrar por la ventana. Es bello, dijo Rodrigo, con la cara emocionada.

sábado, 3 de julio de 2010

Arturo “el mata hadas” Flores


Sobre "Cuentos de hadas para no dormir"
Todorov, uno de los primeros que se dispuso a analizar los cuentos populares, decía que los cuentos “de hadas”, los cuentos para niños, como se conocen ahora, tiene un esquema muy definido de desarrollo. El protagonista se enfrenta a un problema, ingresa al bosque donde encuentra ayudantes y opositores para terminar logrando sus objetivo luego de tener un renacimiento espiritual. Tesis que posteriormente retomaría Joseph Cambell en su famoso y muy plagiado El héroe de las mil caras.
Los cuentos de hadas, plagados de violencia, no afectan psicológicamente a los niños porque son maniqueos. El mal, la nobleza, la inteligencia siempre son premiadas y la bajeza, la estupidez, la estulticia es castigada. Pero qué pasa cuando esos mismos cuentos llegan al presente y son retomados por un escritor con humor negro como lo es Arturo j. Flores. Pues que estas historias petrificadas adquieren nueva fuerza. Fuerza que trae esos antiguos bosques medievales, esos arcaicos dragones a la contemporaneidad y los entremezcla a la vida cotidiana.
Mientras escribo esto, recuerdo con viveza las imágenes que logra Flores al contarnos el choque de un ebrio de amor y de alcohol con un mítico dragón. Puedo ver claramente la cabeza de Santa Claus ensangrentada desde las barbas hasta las cejas. Puedo imaginarme esa gárgola metiche amargándole el sexo a su niño. Arturo se solaza en la crueldad, en las resoluciones más inesperadas y juega con el lector, lo seduce para que llegue hasta el final del relato.
Pero no solamente nos ofrece retruécanos en sus historias, también planteamientos que nos hacen sacarnos de nuestro cotidiano para poder ensoñar con el que pasa en tal o cual situación. Como el sueño que no desea ser soñado, que a mi parecer es el segundo mejor cuento de esta antología. El primero es el del amor consumado entre un ente subterráneo y una mujer celeste. Una belleza de parábola que nos enseña lo doloroso y gozoso del amor.
Estos cuentos tienen ese saborcito de las añejas antologías norteamericanas que nos ofrecía en español Ediciones Martínez Roca hace años. Cuando algunos de los presentes éramos mozos sin barba. Ese saborcito a que la literatura no debe ser señores serios hablando sobre “los grandes temas”, cuales quieran que sean estos. Ese saborcito a juego, a espántame, a llévame de la mano a un mundo que no he imaginado. Y eso lo logra Arturo con creces.

miércoles, 30 de junio de 2010

Libros electrónicos

Subo un par de libros en formato PDF. Subiré luego el de Entropía y espero en breve subir otro más de cuentos que verá la luz en octubre.

martes, 29 de junio de 2010

Yo declino, tú declinas


El PRD nació como una confluencia de fuerzas de izquierda de diferente radicalidad. La mayoría venían de grupos comunistas, ligas revolucionarias, antiguos guerrilleros y muchos otros de las luchas barriales que emergieron luego del temblor del 85. Ante la estulticia y estupidez del gobierno federal, la gente del DF se organizó y levantó la ciudad.
Era increíble ver cómo en las viejas vecindades del centro donde seguía fluyendo agua, sus habitantes organizaban caravanas para llevar botes a las colonias donde no llegaba el líquido. Ni un policía hizo falta. Con todos estos movimientos sociales en confluencia y después del fraude perpetrado por Salinas y su PRI, el PRD unió en su seno a miles de personas que, dejando diferencias dogmáticas e ideológicas, pensaban en un solo camino de izquierda para el país.
Obviamente, llegaron muchos antiguos priistas y derivó en lo que vemos actualmente: un merequetengue, un verdadero quilombo donde antiguos maoístas, comparten sala con hijos del salinato más crudo y vil. Cuando menos los priistas siempre han sido más reacios a juntarse con la chusma. Las viejas momias priistas siguen dictando los rumbos del partido desde las sombras. Se apoyan entre ellos, son disciplinados y esperan su turno, sino… pues se cambian de partido.
Los panistas habían seguido este mismo juego de disciplina y de orden, hasta que llegaron los neopanistas -es decir los nuevos ricos- y tuvieron que dejar un poco de su poder en manos de los flamantes conservadores. La imagen señera de los viejos panistas, es decir blanco occidental, barbado y católico fundamentalista se ha tenido que “manchar” con gente de aspecto manos caucásico.
El caso es que a nadie le espante que uno decline, el otro cachondé a su enemigo de antaño y uno más se queje de la campaña negra. Lo que le queda esta sociedad mexicana politizada, pero poco participativa es hacer eso, participar activamente, no solo en época de elecciones, sino durante todo el año. Exigiendo, leyendo, retomando viejas costumbres barriales. ¿Si nos organizamos para un mole que no lo hagamos por nuestro país?

miércoles, 23 de junio de 2010

En una pensión II

Una mañana, que el hambre arreciaba, fui al comedor del hostal y me serví lo que había de desayuno: cereal, leche y pedazos de baguete con mantequilla y mermelada falsa de fresa. Esa era toda mi comida del día. El francés siempre me sonreía con complicidad. Era un tipo alto, de ojos verdes, con el cabello en retirada y una sonrisa contagiosa. A señas me dijo que quería compartir de sus alimentos.
Sacó una baguete enorme, un paquete de prosciutto y un trozo de queso azul. Yo comencé a babear. Sólo faltaba el vino tinto, pero no importaba. Ya era demasiada suerte que quisiera compartirme esos manjares. Tomé un pedazo de pan con las manos, pero el galo me dio un cuchillo de sierra que guardaba en algún lado. Muy feliz me dijo algo; yo embarré el delicioso queso en el pan cortado, luego puse una ración generosa de jamón y le pegué una mordida con pasión. Ah, lo salado se aferró a mi lengua y comencé salivar.
Mi benefactor hizo lo propio y comenzó a mascar su comida con la boca abierta y tronándola lo más fuerte que podía. El sonido que producía su boca era tan alto, tan asqueroso que pronto dejé de disfrutar mi trozo de baguete. Lo masticaba, pero no había en ningún momento placer por lo grasoso del queso o por la carne curada. Pronto comencé a sentir un vómito que me venía desde dentro del estómago. Me disculpe y fui al baño a vomitar.
Cuando regresé ya se había ido. No había nada de comer en nuestra mesa así que me senté a ver el sol de la mañana cómo iba inundando las azoteas de Palermo. Me sentí tan solo, tan perdido, tan lejos. Supongo que así se sentían los primeros navegantes que llegaban a tierras extrañas. Aquellos apestosos corsarios que viajaban durante días, meses hasta llegar a un puerto alejado y darse cuenta que estaban allá, alejados de sus graneros.
De improviso pensé en quedarme, en ya no regresar, en ser una sombra más en las calles. En disfrutar del anonimato que dar ser un pre pordiosero. Me gusta eso de no tener que saludar a nadie o conservar un personaje. Me fui a dormir y la que limpiaba el piso, una correntina muy bella, me sonrió.

martes, 15 de junio de 2010

En una pensión I


Cuando me quedé sin dinero, dejé de darme la vida de rico que acostumbraba. Ya no más jarras de vino tinto de Mendoza, ya no más cortes de alta calidad, ya no más pan negro con gorgonzola encima, ya no más visitas a las prostitutas de la Florida. Así que decidí salirme del hotel e irme a vivir a una pensión, donde compartía dormitorio con tres alemanes, un francés y un inglés, todos ellos, blancos, de ojos claros y apestosos hasta la nausea.
Había unos loquers justo a un lado de la cabecera de mi cama, donde guardábamos nuestras cosas. Así que en la mañana, cuando era hora del desayuno el ruido era insoportable. Ruidos de candados, de puertas y gritos en varias lenguas. Llegar de noche era encontrarse con que la habitación olía terrible. Apestaba de una manera vomitiva. Los gases, los olores sexuales de estos tipos, la micosis de los pies, el sudor y sus ropa sin lavar producían un olor nauseabundo, asqueroso.
Cuando llegaba de noche, con los humos del alcohol haciéndome girar la cabeza, abría la puerta y ese fétido cúmulo de asquerosidades me daba de llenó, casi siempre acababa bajando de nuestro cuarto de azotea para ir a vomitar al baño. Entre estertores, a unos centímetros de la taza del baño, me revolvía el estómago de nuevo de solo pensar en volver hasta donde estaban ellos.
Los tres alemanes, unas enormes estatuas de carne, de casi dos metros, sacaban sus enormes pies y las moscas se posaban sobre ellos. El zumbido de las moscas, cuando ya estaba en mi solitaria cama –porque con suerte había podido hacerme con el único mueble que no era litera- me hacía pensar en cadáveres frescos que dormitaban al lado mío. Pensaba que cómo era posible que esos seres que aseguraban ser los más conscientes y civilizados del planeta, no eran capaces de tomar un baño seguido. Cómo era posible que el inglés ese, por demás estereotípico, con su cabello pintado de azul y aretes en los pezones y la cara, no tuviera empaño en llevar más de quince días con la misma ropa. Cuando se quitaba sus calcetines eran de una textura similar al cartón, con manchas de hongos ya por todos lados.

Carlos Zerpa


En una enorme fotografía que estaba detrás de ellos se veía a un Carlos Zerpa jovencísimo, con lentes y un sombrero charro, de eso que usan los turistas cuando van a Garibaldi. Obviamente estaba borracho “noche de tequilas dijo cuando nos invitó a ir al Covadonga”. Noche de tequilas que fueron de cerveza y tortilla española. “Ya no los aguanto como ayer”, explicó viéndonos con esos ojos fuertes pero a la vez tranquilos y juguetones. Esos ojos que no han perdido la magia desde aquella foto en el Tenampa con los integrantes del NO- Grupo.

¿Quién es Carlos Zerpa?, podrían preguntar algunos. Carlos Zerpa es uno de los artistas latinoamericanos más influyentes de Latinoamérica. Él ha hecho todo dentro de las artes no objetuales: Performance Art, Instalaciones, Ensamblajes, Nueva Pintura, Arte Sonoro. Además es parte de la Comunidad Iberoamericana de Frank Zappa y de Bruce Lee. Y además pinta y escribe. Y todo lo hace bien. ¡Carajo!, me grité cuando vi su obra. Además Zerpa es uno de los pocos artistas que vive en Venezuela y que no tiene miedo de expresar su opinión en contra de Hugo Chávez.

En la mesa del Covadonga Zerpa nos explicaba como poco a poco se ha ido destruyendo lo poco que se había logrado en una Venezuela convulsa, la patria de sus amores. Zerpa vestía de negro, sus sienes pintadas de canas y en el pecho el escudo del fascismo, aquel de los martillos que caminaban en la mítica película The Wall. Zerpa es un icono para muchos artistas no objetuales y un héroe para muchos otros. Entre los que me incluyo.

Una anécdota es suficiente como para describirlo. Cuenta el crítico y artista Santiago Espinoza que cuando vivía en Venezuela invitó a Zerpa a una fiesta. Cuando ya se habían ido hasta el último de los borrachos habituales, se dio cuenta que por todos lados había cuchillos incrustados: en el cereal, en el azúcar, en las puertas, en el café. “Pinche Zerpa”, dijo Santiago y el venezolano solo emitió una sonora carcajada.

Carlos Zerpa vino a México a presentar su libro Envena, donde cuenta la historia de las artes no objetuales en el Mundo, con el sabor del ya no tan niño terrible de Venezuela.

lunes, 24 de mayo de 2010

Licantropía

Licantropía
Edición de Jorge Fondebrider
Adriana Hidalgo Editora

El licántropo, el hombre animal, es una idea que ha permeado en todas las culturas. Es la manifestación de lo salvaje en el hombre civilizado, es el mito en donde más se palpa que seguimos siendo animales a pesar de tantos años de raciocinio. Cuando menos eso se desprende de la recopilación histórica que realiza el argentino Jorge Fondebrider, con respecto a los leyendas donde el hombre se convierte en lobo.

Imbuido por las imágenes de la clásica película The Werewolf producida por Universal, con Lon Chaney jr. en el papel del maldecido, nos cuenta el autor que fue creciendo en él una obsesión por este monstruo. Con este deseo culterano de poder satisfacer un sueño infantil, Fondebrider hace un recorrido hemerográfico, libresco e imaginativo por distintas fuentes escritas y cinematográficas, para poder entender como la licantropía ha tenido un desarrollo importante en el mundo occidental. Así, comenzamos en la Grecia antigua con la historia del mal logrado rey Licaón; que ya conjunta en sí misma muchos de los rasgos acerca de los hombres lobo. El licántropo, desde este inicio es un ser sanguinario, ahijado de la noche, pero también es una bestia dolosa, triste, que sufre la pesada laja de una maldición.

Como se explica en el texto, un hombre lobo puede ser un brujo poderoso o el hijo séptimo de una familia. Puede ser un guerrero valiente y defensor de su pueblo, o simplemente un desafortunado personaje que fue mordido por la bestia. Esta recopilación histórica nos va mostrando de manera cronológica como el mito del hombre lobo fue tomando cada vez más fuerza en el mundo judeo-cristiano.

Es curioso atestiguar que antes de la llegada de la religión católica los hombres tomaban como “normal” o “cotidiano”, sin ningún tipo de rasgo maniqueo la transformación del hombre en animal. Es hasta la llegada de San Agustín que se le da un cuerpo ideológico a los mitos que ya circulaban por el mundo conocido. San Agustín declara que solo Dios puede crear, así que las diferentes tradiciones orales de gran parte de Europa del Este son solo representaciones del diablo. Estratagemas para mal lograr la creación divina. Razón por la cual los hombres se dedican a la persecución de y asesinato indiscriminado no solo de lobos, sino de cuervos, gatos y demás animales que aparecieran el Malerum maleficare y libros afines.

A partir de ahí el licántropo carga sobre sí la maldad del mundo. Asesinos seriales, niños salvajes, vecinos envidiosos, mujeres lujuriosas, todos son transformados durante algún viernes o con el influjo de la luna llena en lobos.

Es interesante constatar como es hasta la llegada The Werewolf, la mencionada película de la productora Universal, que se les da coherencia en uno solo mito a todas las tradiciones orales anteriores. Así, queda establecido merced al guionista Curt Siodmack, que la licantropía es una maldición, que se contagia de manera viral, principalmente por el ataque de uno de los seres malditos, que son invulnerables a todo, menos a la plata y que no hay manera de retirar la maldición.

Fondebrider nos ofrece un capítulo breve dedicado al cine y otro más donde habla de estos seres en su paso por Latinoamérica, deteniéndose claro está en los nahuales.

Interesante y muy buen documentado libro, que nos da a entender como la historia de la maldad puede trazarse en clave de licántropo.

Iván Farías, Apetatitlán, Tlaxcala. Mayo 2010

Asesinos


Asesinos
Álvaro Abós, compilador
Adriana Hidalgo editora

El crimen es uno de los temas que más convocan a la humanidad. Desde aquellos que se asoman entre la multitud para ser partícipes de un poco de sangre en alguna escena de asesinato, hasta aquellos los perpetran. Es por eso que la literatura siempre ha recogido entre sus páginas lo que otros han hecho con sangre. La escritura criminal, la escritura de la muerte y de la vida se vuelve historia, documento de su tiempo y de las bajas pasiones humanas. Esas que persistirán por siempre. La recopilación que hace Álvaro Abós en “Asesinos” (Adriana Hidalgo, Argentina) nos brinda un recorrido por las grandes plumas del pasado que han tomado el tema criminal y lo han llevado por distintos caminos. Abós antóloga verdaderos hallazgos como el cuento “Una linda películita”, de Guillaume Apollinaire, que prefigura, con varias décadas, lo que ahora se conoce como cine Snuff. También hay lugar para las sectas apocalípticas y cínicas, como las que se reflejan en “Los sicarios de Midas”, de Jack London; donde las anticipaciones a temas que ahora son común en las ficciones contemporáneas vuelven a parecer; como lo son el asesino gratuito y despersonalizado. La crónica-cuento de Iván Turgueniev, uno de los textos más largos, refleja fielmente lo que es un crimen ordenado por el estado, validado por las cortes y ejecutado por un verdugo. El segundo personaje de más importancia en una ejecución. También hay espacio para los crímenes cronometrados, como el narrado por Arthur Conan Doyle, o el humor negro y el cinismo de Sade o Ambrose Bierce. Como afirma el antologador: “ningún escritor se ha privado de narrar un crimen aun cuando sus intereses temáticos estuvieran muy lejos de lo criminal.” Lo cual se confirma con la inclusión de Oscar Wilde, Antón Chejov, Joseph Conrad y hasta el mismo Walt Whitman. El libro no tiene fisuras. Ofrece una pléyade acercamientos al tema y plumas maestras.

Iván Farías

miércoles, 19 de mayo de 2010

The Hand

Antes de que Oliver Stone se perdiera en lo políticamente correcto, antes de que se obsesionara con la psicodelia y Nixon, dio muestras de ser un cineasta de género bastante efectivo. A principios de la década de los ochenta dirigió y escribió la película de suspenso y horror The Hand (USA, 1981). Donde aborda de manera solvente el tema de la psicopatía criminal.

Jon Lansdale un dibujante de tiras cómicas, con una ira bastante contenida, sufre un accidente vial que lo hace perder su mano. Su mundo, sostenido por la habilidad para dibujar y que lo mantiene a flote con el mediano éxito de su personaje Mandor, de repente se destruye. Todos los pequeños problemas de su vida cotidiana estallan como grietas en una presa. Su ninguneada esposa ve la oportunidad para escapar de un matrimonio monótono, su hija pequeña comienza a encariñarse con el amante de su mamá, su editora consigue un remplazo para su tira cómica y hasta su personaje es “actualizado” con un giro que lo separa de su creador.

El personaje interpretado por Michael Caine comienza a sufrir alucinaciones en donde su mano cercenada comienza a acosarlo. Stone retoma cosas de los giallos italianos, no solo en el planteamiento, sino que contrata al veterano creador de efectos especiales Carlo Rambaldi para poder imbuir en la trama este juego entre horror sobrenatural y thriller de suspenso.

Stone brinda al espectador despierto secuencias en blanco y negro en donde el dibujante deja escapar su furia en los que puede. La perdida de la mano es como una castración. Tal y como dice Jon Lansdale mientras discute con su esposa. “¿Para qué voy a psicólogo?, me va a decir que lo de mi mano es como perder mi virilidad”. Stone refuerza esto cuando la alumna de Landslade, mientras hacen el amor, se abraza de la mano y la besa como si fuera un pene.

La castración metafórica es lo que catapulta el instinto asesino de un personaje que centra su violencia contra las mujeres. Sin embargo, la cinta no acaba de cuadrar. La pelea con la mano, metáfora de la lucha contra sí mismo, no acaba de producir verdadera tensión; por ratos es bastante ridícula y hasta risible. Para ser un giallo estilo americano, le falta más sordidez, más dureza. Para ser una cinta de terror serie b le falta más gore.

Lo que es de rescatar es la interpretación de Michael Caine, los efectos especiales de Rambaldi y algunas escenas logradas por Oliver Stone. Como la de cantina, con un Bruce McGill borrachísmo, rumiando su mala suerte con la chica guapa del pueblo y la cámara haciendo close ups de alcohólicos y manos nerviosas.

NOTA: Con esta reseña, inauguro la sección Cineclub, de este web. Sitio donde iré colocando reseñas o ensayos sobre cine que estoy produciendo. Cada semana uno nuevo.

lunes, 17 de mayo de 2010

Nada

Pues ellos no hacían nada. Se levantaban y deambulaban por ahí hasta que llegaba la tarde. Uno era ratero, no usaba armas, simplemente andaba con el ojo puesto a lo que se moviera: cámaras, celulares, abrigos, espejos, tapones. Alguna vez llegó a hacerse con 50 vestidos de diseñador cuando vio una camioneta abierta frente a una boutique.

Otro había aprendido a componer cosas de la computadora. Bajaba programas, música y lo que le pidieras. Todo te lo vendía a un módico costo. Compraba compus viejas, las arreglaba y las revendía. A veces, cuando lo invitabas a tu casa podía embolsarse algo, pero no era lo común.

Les gustaba salir de noche, luego de tomar unas cervezas se iban a dar la vuelta, para espiar a la gente. Se quedaban de ver en la plaza y después de ahí se iban cerca de una preparatoria. Se sentaban en la banqueta y veían a las chicas. Se perdían en ese bosque de piernas y faldas grises. Hablan de algunas, disfrutaban con verlas y de vez en cuando se les acercaban para platicar con ellas.

Con suerte lograban salir con algunas. Pero nunca por mucho tiempo. Solo les gustaba sentir el sabor de lo nuevo. Después de ahí buscaban siempre mariguana. En eso se pasaban la mayor parte del tiempo. Buscando un nuevo diller, un amigo que tuviera, alguien que “les corriera” algo. Cuando menos un “tirador” de medio pelo.

A veces iban a la casa de un amigo mutuo para ver películas de patinetas o de golpes. Les habían agarrado gusto a las de persecuciones policiacas. Eran fans de True TV y de Faces of death. Cómo se habían reído de la vez que vieron el video ese donde un tipo saltaba a una alberca y se partía la quijada. Les gustaba repetir la escena esa donde la lengua seguí moviéndose, los dientes despedazados y la sangre corriendo a borbotones por el pecho, hasta llegar a su traje de baño color amarillo canario.

Un día estaban en la punta más alta de la escalinata viendo la pequeña ciudad en la noche. El aire nocturno, tal vez las cervezas o los días de hastío los llevaron a pensar en su vida. No hemos hecho nada, le dijo uno al otro. Hay que hacer algo, se dijeron. Sí, en verdad, no podemos seguir desperdiciando la vida. Hay que planear un buen golpe, exclamo uno. Y lo planearon.

martes, 11 de mayo de 2010

Insurgentes

Me siento en la glorieta de insurgentes, con bastante tiempo para esperar a un amigo. La misma glorieta que sirvió como locación para “El vengador del futuro”. Cuando vivía en el DF, en la secundaria, me enviaban a un curso de verano que por alguna razón no me gustaba. El caso es que me iba a vagar por ahí. En aquellos años no había tanto homosexual o prostitutas como las hay ahora. Lo que había eran yuppies. Yo me iba a unos locales enormes que se llamaban Chispas, jugaba unas pocas fichas y cuando se acababa mi dinero y ahí me la pasaba subiendo y bajando de niveles. No hablaba con nadie, no competía con nadie, era como un fantasma en aquel sitio.

Apenas volví a ese sito y esta clausurado. No me imagino como un sitio tan boyante como ese pudo haber quebrado. Esta cerrado y lleva años así. La calle de Génova esta llena de vendedores ambulantes con la cara curtida por la vida. Cuando pasó cerca de uno me dice que le “eche un ojo” a sus antigüedades y la ropa de uso. Le preguntó por una chamarra y una niña comienza a llorar junto a nosotros. Le dice a una chica morena de escasos 20 años que cuide a la niña, que no se deje “someter” por ella. “Es que luego los hijos toman el mando y uno ya pierde”.

Me pruebo el rompevientos color vino y no me queda. (Cerveza más Bimbo, mala combinación). Pregunto por una camisa de cuadros y el tipo me dice que la vida es dura, que luego uno se enferma y nadie lo cuida. El sujeto tiene como cincuenta años, el cuerpo correoso, mirada nerviosa y habla cómo dando órdenes. Me hace que me pruebe otra chamarra a la vez que me dice que el se enfermó del cerebro hace algunos años. “Tengo que tomar pastillas tres veces al día, todas para que no se me suelte ‘el chango’. No quiero acabar matando a alguien”.

Regreso a sentarme a la glorieta y se me acercan tres niños. Uno de ellos me muestra su "conejo" y me río. Le digo algo y sigue chingando. Trato de concentrarme en la fauna que camina a esas horas, pero el infante no cede: salta frente a mí y me toca muchas veces la espalda. Me levanto para cambiarme de lugar, pero me sigue. Lo agarró del brazo y le digo que se largue a su casa. Esta es mi casa, dice mostrándome con sus manos la glorieta.

lunes, 3 de mayo de 2010

Extraño el cine viejo


Cuando era niño me mandaban dos meses a Tampico. Luego del atasque de playa, íbamos a un cine enorme, con doble balcón y pantalla de piso a techo. Nada que ver con las míseras proporciones de las actuales. Los programas eran dobles y a veces, -ya en la tarde- hasta triples. Así pude ver platillos extraños como El Charrito de entremés, Aliens como plato fuerte y Enrique y Ana como postre.

En Apizaco me hice amigo de la dueña del cine, merced a eso podía entrar a todas las funciones gratis. Cada mes programaba en sus tres salas, dos diminutas y una enorme, tres películas con permanencia voluntaria. Así pude apreciar lo mejor y lo peor de la cinematografía gringa y mexicana. Recuerdo que fue en ese cine de mis amores (con su pantalla cocida en medio para dar el largo de la pared) que tuve mi primer y única relación homosexual. Mickey Rourke, vestido de cuero, ostentando ser Harley Davidson y su compa Don Johnson como Marlboro Man. ¡Pua!, la debí ver cerca de 12 veces sin parar; repitiendo diálogos, gritando en la escena en la que se avientan a la alberca y riéndome cuando se le rompen las botas a Johnson.

En el DF iba al cine Cosmos, al Manacar, a Américas, al Palacio Chino, pero el cine de mis amores era el Zapata. Ahí vi el tremendo enfrentamiento de Godzilla contra su clon tecnificado, Mecagodzilla; a Batman golpeando al Guasón, a Pacino esperando salir ileso en Tarde de Perros.

Recuerdo que cuando llegué a los Cinevas, las enormes salas ya fenecidas en la tlaxcalteca, programaron Siete en la Mira. Que increíble fue llegar y encontrarlo abarrotado. Tener que sentarse en el pasillo porque no había butaca que no estuviera llena. Ver a Jorge Reynoso secuestrar un pueblo fronterizo, hasta dar con el asesino de su amigo motociclista. Reynoso y su look de Mad Max, Reynoso y su increíble cara de tira despiadado, ahí apodado Vikingo. Ver la batalla final en la que un delgado y ya anciano Mario Almada doblega a un forzudo y joven Vikingo ayudado por un látigo.

Pero el cine se ha perdido en su implacable deseo de ganar dinero. Tiempos de capitalismo salvaje.

lunes, 26 de abril de 2010

Historia de un Virrey


Pues ahí tienes que este era un hombre con talento para escribir. Era un tipo agradable, inteligente y con muchos amigos. Un lector voraz, crítico, discriminador de malos textos, que había leído muchos grandes libros, que entendía el inglés y que había sido un estudiante brillante. No era muy guapo, pero sus conquistas menudeaban; al grado de tener algunos matrimonios exóticos, por decirles de alguna manera: rusas, chinas y argentinas rubísimas.

La gente que lo conocía poco a poco le fue dando credibilidad hasta que se volvió un referente de su estado. Era casi el Virrey de su patria chica. Su palabra tenía peso y fuerza. Los jóvenes escritores, apenas unos años menores que él, lo buscaban para conversar y asistir a sus talleres. Maestro, le prodigaban en las calles, él sonreía y con su mano les regalaba un saludo discreto. Le escribían agradecimientos en su facebook cuando aceptaba a un nuevo fan. Se debatía entre ser “undergraso”, por sus lecturas juveniles o abandonarse a la mano lujuriosa del Sistema. Maldito Bukowski, maldito Kerouac, por qué lo conflictuaban. Los mismos que le habían dado vida en su juventud, ahora lo interpelaban con sus escritos.

Un día publicó un libro y sus amigos le brindaron litros de tinta en los medios nacionales. Fue un suceso; pocos fuera del círculo literario lo leyeron, pero en el medio fue una revelación. Su prosa era bella, destructora, mordaz. Retomaba elementos propios de su comunidad y los brindaba nuevos, contemporáneos. Firmo contratos en España y le ofrecieron puestos burocráticos. Por fin podía comprar la coca sin rebajar.

Caminaba henchido de gloria. Sus lecturas eran verdaderas provocaciones donde hacía desplantes dignos de una diva. Cuando sus amigos de antaño le pedían consejo, él hacía como que no estaba. No podía volver atrás, ya era una figura pública que escribía en los periódicos importantes del país. Hasta se hizo una biografía en la Wikipedia y se sentó a leerla una y otra vez. Ah, que grande soy, se decía convencido de su talento. Un día llegó a su casa y no había nadie. Leyó de nuevo su biografía en la red y se metió un pase de coca en la soledad de su sala.

lunes, 19 de abril de 2010

Él


Luego sale. Su papá lo tiene recluido en su negocio porque muy seguido le dan ataques violentos; sufre de esquizofrenia y está medicado al tope. O cuando menos eso dicen los que lo conocen bien. Alguna vez -platicando en la calle con él- un tipo de chamarra de cuero y cabello largo comenzó a ofendernos, cosas del alcohol. Yo me fui y cuando regresé el tipo estaba en el suelo sangrando y nuestro personaje tenía su puño salpicado del líquido rojo.

Luego anda suelto, con la ropa sucia y el cabello grasoso, como si llevara mucho tiempo sin bañarse. En esos momentos trato de darle la vuelta, así que lo observo desde lejos y me voy por otro lado. A veces está sentado en el mismo café al que a veces voy y nos ponemos a platicar trivialmente de algún libro o un disco. Se ve radiante, limpio y hasta podría pasar por uno de esos intelectuales de pueblo que leen en los cafés.

La otra vez me lo encontré en una cervecería. Estaba sentado con cuatro o cinco adolescentes. Como sea, me guarda cierto respeto, cosa que no le prodigaba al resto de sus acompañantes. Las cervezas ya se habían ido y él dominaba la acción con su estatura enorme y su sobrepeso. Yo soy de esa generación del Juan Conde, me dijo a bocajarro cuando iba pasando. Siéntate Iván, me pidió de manera amable.

Me contó una truculenta historia que comienza con un viaje a Chiapas donde conoció al Sub comandante Marcos. Dice que atravesó la selva y comió carne humana con él y un viejo amigo ya muerto. Que conoció ahí mismo al líder de una agrupación de bikers muy enferma. Un grupo de personajes que viven en cuevas cerca de Nueva York. Ahí, viven en una comuna donde esperan el final. Que por las noches bajan a la ciudad y “roban, matan, violan, destruyen” para regresar ya de mañana a prender una enorme fogata y bailar.

Según él, el líder de estos motoristas le dio un boleto para acompañarlo el día que quisiera; sólo que me cedía ese derecho a mí. Que si yo quería el boleto ya era mío y podía ir a visitarlos cuando quisiera. Brindé por la distinción y me fui de ahí.

lunes, 12 de abril de 2010

Latinoamérica resiste


Y resiste toda clase de problemas, desde los naturales, como incendios forestales, marejadas, temblores, lluvias y sequías, hasta a sus corruptos y torpes dirigentes, sus caudillos enloquecidos y su propia estupidez. Resiste el capitalismo salvaje y el saqueo. Por lo que su cine debería necesariamente refleja este espíritu de desesperanza y violencia urbana.

En Rodrigo D. No hay Futuro, la opera prima del colombiano Víctor Gaviria, el personaje principal recorre los barrios marginados de Medellín buscando algo que hacer. La pobreza, la violencia constante sugerida por una banda sonora llena de punk rock, nos brindan un retrato de lo que era vivir en un momento en que la cocaína encumbraba reyezuelos en Colombia, México y Estados Unidos. El mismo Gaviria nos ofrecería otro relato tremendo con La Vendedora de Rosas. Cinta, deprimente y cruda, donde las haya.

No es de extrañar que México tuviera aportaciones a esta violencia cotidiana, donde los jóvenes se enfrentan a ambiente adversos, como sucede en De la Calle. Esta obra intenta reflejar el medio hostil de la capital Mexicana. Sin embargo, se cuela un tufillo clasemediero en todo momento. Películas sin tanto renombre, como Perro Callejero y Ratas de la Ciudad son más directas y descarnadas que la mencionada. Es cierto que las capacidades actorales de los involucrados son pocas, que rayan en el melodrama, pero los mexicanos somos melodramáticos per se.

Ciudad de Dios de Fernando Meirelles y Kátia Lund, fue un mazazo en muchos sentidos. Por la puesta en escena, por la forma en que está filmada, por utilizar gente interpretándose a si misma -como ya lo había hecho Gaviria- y por mostrar al gran público que el cine brasileño existía. Aquí, la épica historia del auge y la caída de un par de capos juveniles nos ofrece la descomposición social del Brasil.

La argentina, Pizza, Birra y Faso, nos cuenta la historia de un grupo de adolescentes ladrones, que viven al día, buscando lo suficiente para la pizza y las cervezas (birra), en un Buenos Aires tremendamente jodido. En cada una de ellas se refleja los puntos de toque de la juventud latinoamericana. Simplemente terrible.

Mi lugar

Les habían dicho que lo esperaran en el parque. Así funcionaba el sistema: ellos mandaban un mensaje y el diller les llamaba desde un público para decirles donde esperarlo. Debían esperarlo todo el tiempo que fuera necesario, porque luego llegaba a tardar. Pero si te llamaba era seguro, por eso ambos se sentaron plácidamente en la jardinera del parque, volteando a ver para todos lados. Querían “café”, porque ya iban varios días sin que nadie les “tirara” más que apenas un cualquiera. Y comenzaban a sentirse intranquilos sin su reglamentario “churro”. Más Tito, porque El Chaque se metía mona de vez en cuando.

El Chaque deja en el suelo una bolsa de papel en la que trae envueltos unos vestidos y se busca en los bolsillos algo de dinero. ¿Y si vamos por unas frías? Como quieras, le contesta Tito. Corren al Oxxo y se hacen con dos latas de Sol. Voltean para todos lados y no ven a nadie que se acerque a ellos. A veces el bueno, por pura seguridad, manda a alguien con el encargo y se va de inmediato.

¿Qué traes ahí? Dice Tito bebiendo de su insípida cerveza. Unos vestiditos, se los traía al Chemi, para ver si me los compraba, pero no lo veo por ninguna parte. Ya ves que luego se va a vender fuera. No creo que quiera, ahora anda con la cosa de la joyería. Afirma Tito viendo de reojo a alguien que se acerca a las espaldas de Chaque.

El que se acerca es un tipo con rastas, la cara marcada por el tiempo y los golpes. Trae un tatuaje mal hecho en el antebrazo. Todo pasa tan rápido que apenas si Tito logra dar un salto hacia atrás. El tipo agarra a Chaque por la espalda y le da un golpe en la parte baja. Luego le asesta su puño en la cara, justo en el ojo izquierdo. Chaque solo gime brevemente y se deja caer en el suelo.

Tito intenta acercarse a su amigo y el rastudo lo empuja por el cuello ¡No le saltes güero! La cosa es con él, no contigo. Si le brincas también te toca. Tito se paraliza cuando ve un picahielo en la mano del tipo. Se ve las manos y se da cuenta que tiene sangre en ellas. Se quiso chingar mi lugar, güero. Y la neta nadie me hace eso. Ábrete y tú nunca me has visto. El rastudo corre y Tito hace lo mismo, pero en sentido contrario. Cuando el diller llega el Chaque se sigue desangrando en el suelo, con sus vestidos en la bolsa.

lunes, 5 de abril de 2010

VHS

Tengo varios VHS en casa y es que mi familia es adicta al cine desde que yo tengo memoria. Antes de que se popularizara el formato Beta, de Sony, se cooperaron para comprar un proyector de super 8. Lo trajeron de Reinosa, vía unos familiares que vivían en Tampico. Acondicionaron una habitación vacía y proyectaban para amigos y vecinos algunas películas. Recuerdo que la primera que tuvimos fue una versión recortada de Domingo Negro. Esa peli basada en una novela del entonces desconocido Thomas Harris. Iba de un grupo de palestinos que quería soltar una bomba en el Superbowl en Miami.

Me encantaba oír el sonido de la máquina pasando la cinta de un carrete a otro y el sonido conectado a unas bocinas enormes de cajón de madera. Me gustaba ver la cinta atravesada por la luz y como esas imágenes fijas se convertían en movimiento. Siempre he pensado que el cine es un artilugio alquímico, que no tiene nada que ver con la técnica, sino con la magia. El cine revive muertos, hace cantar a la gente, la hace reír y hasta provoca dolores de cabeza.

Luego, una señora rica que quería con mi abuelo, nos vendió una videocasetera Beta y fue la delicia de todos. Un tío y yo, más o menos de la edad, pintábamos la cartelera a proyectar esa semana. Porque en aquellos tiempos encontrar cintas piratas era en verdad complicado y muy ilegal, así que eran pocas las películas que se podían ver.

Recuerdo que llegaba un compa con un portafolio negro de esos de Samsonite y lo abría hasta que estaba dentro de la casa. Ahí mostraba poco a poco los hallazgos: Conan El Bárbaro, películas de guerra Filipinas, que pensaba eran gringas, Mad Max, Un detective suelto en Hollywood, Guerreros del Bronx, Escape de Nueva York, Castillos de Hielo y muchas románticas. Casi siempre se hacían con las de terror, como La Profecía, El Exorcista o un Hombre lobo Americano en Londres. Mientras yo le pedía las de ciencia ficción en renta. El hombre regresaba cada semana con novedades. Luego dejó el maletín y lo cambio por una maleta verde, de militar. Para ese momento ya era todo un capo de la piratería.

En pocos años compraron una VHS de Samsung y comencé a grabar cintas de la tele y a comprar mis propios videos. El aparato tenia un control alámbrico con un cable de casi doce metros. Hace poco hice limpieza y vi todos mis VHS llenos de polvo, muchos de ellos echados a perder por una lluvia torrencial y decidí tirar todos, a excepción de unos pocos que no se irían con el camión. Pero no lo pude hacer. Desde su repisa me siguen saludando Hitchcock, Croneberg y Kubrick. Simplemente sería como tirar parte de mi vida.

martes, 23 de marzo de 2010

Lo que tengo aquí

Rodolfo es medio gordo, con una barba rala y ojillos curiosos. Le gusta vestirse como chico de “buena colonia”, pero sus rasgos toscos lo delatan de inmediato. Se acomoda una larga bufanda gris-negra al cuello y camina contra el viento con un aire romántico. Un día llamó por teléfono a un amigo y se quedaron de ver en la ciudad. Ambos tenían varias semanas sin verse y parecía buena idea platicar en un lugar neutral, en el que se encontraban por causalidad. La cita fue cerca de un metro, que además estaba cerca de una librería y de un restaurante de comida mexicana tradicional.

Rodolfo tenía ciertas pretensiones “pequebus”, le dijo una novia “comunistoide”. Así que podía llenar las tarjetas de crédito a tope con tal de darse la “buena vida”. El lugar era caro, pero servían un excelente chicharrón carnoso que para una mañana fría como esa, iba tremendo. Ambos amigos se sentaron a la mesa y de inmediato se sintieron a gusto. Los mullidos sillones, las camareras solicitas, el buen café veracruzano y los olores del epazote, el ajo, la mejorana, los chiles.

Platicaron con soltura de policía, de libros, de programas de televisión y rieron un poco. El café pronto dio paso al jugo de naranja. Su amigo pidió un anís para controlar el frío. Te noto medio triste, le dijo a Rodolfo. Esa mujer me está matando, contestó en un susurro. Está loca. En verdad que está mal. Me dice que sí, pero me da la vuelta, se esconde. Entonces es no, Rodo. Cuando dicen no y te besan es sí, pero si te dicen sí y no se aparecen, es mejor alejarse. Uno es de palabras, ellas de hechos.

Rodolfo torció la boca y confesó a bocajarro una historia enredada de sexo mal acabado, de gritos en el teléfono y regalos, muchos regalos. La amo, no sabes como amo a esa mujer. Y no la voy dejar, no, nunca. Pego dos o tres puñetazos en la mesa. Algunos voltearon y una mesara los vio de reojo. Su amigo se acomodó en el sillón y sugirió con mucha cautela: Y si visitáramos a un amigo psicólogo, Rodo. Tal vez el pudiera ayudarte. No, no, no, no. Lo que tengo aquí, dijo señalándose con fuerza la sien, no se lo puedo soltar a nadie.

Ambos se quedaron en silencio. Al poco rato se levantaron y cada uno se fue por rumbo diferente.

martes, 16 de marzo de 2010

Paz y baile



La invitación llegó con el boca a boca y luego, en una página de internet. El pacto fue el sábado a las doce del día. En el metro se veían venir las oleadas de gente, de adolescentes enfebrecidos que deseaban mover el cuerpo al ritmo de la música. En la entrada nos quitaron todo tipo de latas, de botellas, pero permitieron meter comida y algunos más abusados: un poco de alcohol y mota.

El lugar se extendía a nuestros pies como un enorme espacio donde la policía, apostada afuera, con sus escudos, toletes y cascos no podía entrar. Había un muro donde grafiteros pintaban, y varios puestos donde los organizadores ofrecían información de sus luchas, además de comida y la que en poco tiempo se volvió más que indispensable: el agua.

A las doce en punto subió el primero de los grupos. Luego de un poco reggae, subió al escenario Rubén Albarrán y su proyecto alterno, Jopo. Aquí su voz se torna suave, acompañada de instrumentos tradicionales, incluso algunas jaranas. Pero, como siempre sucede, la gente está acostumbrada a la fórmula y exigían que fuera un Café Tacuba. Sin embargo, no cedió. Las versiones a la chilena Violeta Parra no se hicieron esperar y llenaron de candencia el polvoriento espacio.

Al poco tiempo la cumbia se hizo presente con El Gran Silencio y comenzaron a bailar unos, mientras otros se desmayaban por el sol y el polvo. Eso sí, los menos. Uno podía voltear y ver la más vario pinta playade juvenil: punks de largos mohicanos, emos venidos a menos, futboleros con sus camisas de los Pumas, roquers viejos, metalerosos, chilangos barriobajeros, hiphoperos y portadores de pantalones rojos, verdes, rotos, cuadriculados, viejos, nuevos. El oído afinado reconoció a gente de Torreón, Morelia, Tlaxcala, Puebla, Cuernavaca y Guadalajara. Ahí estábamos todos, oyendo surf, jazz, reggea, punk, ska, cumbias, sones, hip hop y demás fusiones.

Mientras afuera seguían matando gente, a pesar del ejército y la policía, dentro bailábamos y reíamos. Adentro nos moríamos, pero de cansancio, de tanto saltar, de tanto reír y jugar, de tanto cantar. Paz y baile. A las once y media oímos Baracunatara y los todavía miles que quedábamos salimos rumbo al metro. Atravesamos entre los cansados policías -que cenaban un tamal- y nos fuimos a nuestras casas.

martes, 9 de marzo de 2010

Bukowski


Conocí a Charles Bukowski en el último año de la preparatoria. Compré Factótum en una oscura librería del portal del centro. ¿Cómo llegó ahí?, aún no me lo explico. Pero hay libros que te buscan y este y yo nos hicimos amigos instantáneos. Lo devoré camino a la escuela y no paré hasta verle fin. Luego más y más llegaron a mí. Ya sea robándolos en la Gandhi o de las casas de uno o dos personajes que sabría no los echarían en falta.
¿Quieres leer Bukowski?, me dijo una novia muy querida que tuve y me regaló tres libros. Y así, no solamente comencé a engullirlo a él, sino a la gente de la que hablaba. Cuando topé con “El incendio de un sueño” comencé a frecuentar bibliotecas. No me alcanzaba el dinero, ni las amistades ni los amores ni el cinismo para tener tantos libros. Bukowski me enseño a leer más que mis dos anteriores maestras de literatura, con todo y sus doctorados.
El viejo me llenaba por muchas razones: su alcoholismo, su desfachatez, su humor sardónico, sus problemas con su padre y el hecho de sentirse un paria. Esa misma mezcla la tenía yo y la andaba cargando desde la infancia. Como dice Nahum Torres, uno no se hace marginal, lo marginan. Mi abuelo era alcohólico y lo acompañaba a sus giras por las cantinas del centro del DF. Y bueno, tenía que lidiar con los padres que me salían. Que muchas veces, los cabrones, eran peor que el de Hank. Entonces, cuando me dolía el alma, el viejo me contaba de la vez que se escondió de sus amigos debido a su terrible acné. Me contó que su primera vez fue con una gorda enorme en un hotel terrible. Me confesó que tampoco hizo el servicio militar y que su país le importaba tan poco.
Algunos amigos compartíamos el mismo placer por su lectura, pero muchos se quedaban en el simplismo de beber y decir pendejadas. De reírse y drogarse como locos. Algunos hasta dejaron de beber y se volvieron funcionarios de tiempo completo. Que terrible traición.
El viejo cumple hoy justamente 14 años de muerto, 14 años que su maltrecho y regordete cuerpo nos abandonó. Todavía Carlos Martínez Rentería lo menciona una vez al día en alguna de sus pláticas.

martes, 2 de marzo de 2010

Gasolina


Dirigida por Julio Hernández Cordón (Guatemala, 2008)

La violencia en una película puede ser directa, puede ver uno balazos, agresiones físicas o cuchilladas. Pero hay una violencia que no se ve, que está cargada en el ambiente, que se respira en el aire y es volátil. Esa es la violencia que destila Gasolina de Julio Hernández Cordón (Guatemala 2008), una violencia que estalla en momentos, porque está en todos y cada uno de los cuadros del largometraje.

Gasolina es una road movie en donde tres púberes desean perder el tiempo con un auto robado, claro, a sus padres. Se divierten sacando gasolina de los vehículos del fraccionamiento donde viven, para después manejar y ver a donde llegan. Este planteamiento me recuerda a la idea principal de Mad Max II, El Guerrero de la Carretera, donde la desesperada lucha por la nafta es para consumirla dando vueltas sin sentido. Este trío de adolescentes hacen lo mismo: la sacan con manguera de los tanques y la queman en el piso o la gastan en la carretera. Aunque, esta cinta está más emparentada con obras como Temporada de Patos (México, 2005) y 25 Watts (Uruguay, 2001).

Los protagonistas son inocuos receptores de la agresividad de los adultos. Desde metaleros tardíos, compradores de chacharas o sus propios familiares. “Te doy dinero, pero te enseño a defenderte”, dice solícita la tía de uno de ellos. Sin embargo, la agresión dentro del grupo menudea, desde la sexual, (excelente escena de una adolescente en la cocina tentando a un temeroso púber) o la directamente machista. Esta suerte de mosqueteros, unidos por el barrio, la edad y el aburrimiento ejercen su violencia frente a los que pueden. Ya sea sobre gente económicamente o intelectualmente inferior, o sobre indígenas indefensos.

Cualquier momento puede prender la llama y encender los ánimos. A pesar de que la cinta lleva un ritmo pausado, en todo momento estamos frente a la inevitabilidad de que sucederá algo muy malo, que uno de los personajes romperá el límite marcado. En el principio vislumbramos de que va, cuando un lelo apunta con su pistola descargada a uno de los protagonistas y lo obliga a realizar una serie de lagartijas. De ahí en delante, la presión social y la agresión física será la moneda de cambio en todo momento.

¿Qué vas a hacer, si mi hermana tiene catorce? Pregunta uno de los protagonistas con una capa similar a la de los luchadores, pero también a la de los santos en las iglesias católicas. No sé, le responde su amigo. Yo tengo dieciséis, estamos iguales. Con lo que nos damos cuenta que sus acciones no tienen un fin, sino están movidas por el deseo de quitar el aburrimiento de sus monótonas vidas. Con lo cual nos damos cuenta que son unos niños jugando a ser adultos y sus contrapartes mayores siguen también en ese juego.

lunes, 1 de marzo de 2010

¡Arrozzzz!


El problema con esta toma de los derechos civiles por parte de la sociedad organizada, es que se han demonizado muchas de las cosas de antaño. Uno ya no pude decir chistes sexuales porque puede ser tomado como un imbécil o un retrógrado. La semana pasada teníamos una discusión con una amiga que demeritaba el trabajo de un cómico tan famoso como Polo Polo. El tipo, por más misógino que sea (que no lo es tanto), es un observador de la sociedad que le toca vivir y de ahí, de esa sociedad defeña, misógina, machista y gandalla es de la que se burla. El discurso-chiste donde cuenta su viaje a España, es todo un reflejo de lo que hace un defeño oficinista al salir del país y llegar a un entorno “Euro-civilizado”.

¿O no es Polo Polo una muestra de los chilangos trajeados, pero con los calcetines rotos, que abarrotan las cantinas y fondas de la ciudad a las tres de la tarde? De la misma manera que José José es el icónico burócrata perdedor y jodido, que le canta sus desgracias a los que quieren oír.

Uno puede estar o no de acuerdo con el contenido, pero su visualización de la realidad es tal, que la gente se identifica con lo que dice y se apropia de sus dichos. . El denostar por no tener un discurso políticamente correcto es como vivir en un mundo dominado por el Soma. El Norteño, Andrés Bustamante y el primer Brozo son otros cómicos que ejercen una poderosa mirada sobre su entorno. Que son capaces de articular un discurso y un mundo propio. Aunque claro, el mundo de Bustamante es en muchos casos el mejor logrado; porque su trabajo abreva del surrealismo y del absurdo

A decir verdad, sólo dos cómicos mexicanos ejercen una predilección fanática en mí. Uno es Tin Tan, por su gama actoral, por su desenfado, por su léxico, por su vestuario y por que ha creado cuando menos cuatro películas que se merecen pasar a la historia: La Vida Inútil de Pito Pérez, El Revoltoso, Calabacitas Tiernas y el Vagabundo.

Por otro lado, Mauricio Garcés; porque sus diálogos y sus personalidad me parecen tan atados a los setenta, que lo vuelven toda una curiosidad. Su machismo blandengue, sus incursiones en el homosexualismo para poder conseguir mujeres, su ego exaltado que causaba risa más que coraje, sus frustrados romances y su fallido matrimonio con Silvia Pinal. Toda esa mezcla de deseos contenidos y riqueza falsa.

Garcés es todo un personaje curioso, un tipo hecho de retazos de galanes gringos como Clark Gable y con situaciones en deuda con el cine de situaciones italiano. Larga vida al maestro Garcés. ¡Arroz!

lunes, 22 de febrero de 2010

Réquiem por el Tigre

Uno busca un lugar donde poder llegar y encontrarse con amigos o desconocidos. Un sitio donde lo traten bien y el mesero te salude; donde lleguen chicas bonitas y feas, felices o tristes. Que haya mujeres cuando menos para no sentirse en un monasterio. Donde llegué el borracho impertinente y lo puedas sacar sin que nadie te diga nada. Uno se hace cliente de un bar porque le gusta el decorado, porque la cerveza está bien fría, porque puedes cantar canciones de Raphael o de Portishead, porque no te van a robar con el cambio y porque en la puerta nadie te va a detener.

Sigo pensando en las razones que obligan a una persona a esperar detrás de una cadena para ingresar a un lugar con la música a volúmenes increíbles y comprar tragos a precios pendejos. Por eso prefiero los lugares pequeños, con espíritu. En el centro del DF me gusta el Dos Naciones, El Río de la Plata y los Jarritos. En Puebla está El Puerto de Veracruz y en Tlaxcala estaba El Tigre. Un pequeño tugurio bajando del empedrado, poco después de los Velatorios Montserrat. Ahí uno siempre era recibido por don Raúl, (don Tigre para los cuates) y su amorosa y alivianada esposa: doña Vero (aka doña Tigre o doña Tigresa).

Uno llegaba con el calor de la tarde y empujaba la cortina de plástico para encontrarse con la concurrencia frente a una Indio y su vaso de plástico. Te acodabas en esas pequeñas sillas y de inmediato llegaba la cerveza a tu mesa. Don Raúl te limpiaba la mesa con su trapo y con una sonrisa te decía: ¿Qué te tomas mi Iván?, como si pidiera una cosa diferente cada vez. Le seguía el juego y volteaba a ver los refrigeradores. Una Victoria, decía y me levantaba a poner una canción en la rocola.

Cuántas historias no comenzaron así; cuántos jefes no llevaban a sus secretarias ahí para convencerlas de darles unas nalgadas, cuántos estudiantes no hicieron coperacha para la siguiente ronda mientras su compa trabajaba en el corazón de su amiguita; cuántos amigos no se hicieron hermanos y cuantas discusiones no se finiquitaron a golpes. Cuántos besos no se dieron, cuántos ¡salud! no se dijeron. Ah don Raúl, para qué se mueve. Ya no va a ser igual. Como dijo el poeta: Otra vez a llorar con extraños y a llorar por los mismos dolores.